En defensa del gradualismo

(*) Extracto del artículo firmado por el economista y publicado ayer por el diario La Nación.


Una terapia de shock puede ser contraproducente en una realidad más compleja que el pizarrón. En política, la destrucción creativa suele ser más destructiva que creadora.

El gradualismo, en cambio, no es dejar para mañana lo que se puede decidir hoy; es decidir hoy un camino para llegar a mañana. Es secuenciar medidas que sean económica, política y administrativamente viables, sin jugarnos su éxito a la suerte ni menoscabar sus costos sobre el bienestar (el shock, se sabe, suele dejar secuelas).

Tomemos por caso el asunto de los subsidios. Las estimaciones de un estudio en elaboración de Cippec muestran que, para recortar subsidios por el equivalente a 1 por ciento del PBI hay que por lo menos triplicar las tarifas de gas y luz. De acuerdo con el estudio, los hogares pobres podrían exceptuarse sobre la base de la información de la Anses sobre titulares de programas sociales o receptores de jubilaciones mínimas, a lo que se sumaría un registro de autoidentificación para que los que no puedan pagar reclamen el mantenimiento del subsidio. Aun así, una parte de los hogares más pobres quedarían excluidos del beneficio. Peor aun, muchos hogares de clase media baja recibirían todo el aumento, alimentando el malestar social y la probabilidad de amparos como los que detuvieron ajustes similares en el pasado.

Otro ejemplo de esta coyuntura urgente: el “trilema” entre dólar, inflación y cepo.

El shock, en este caso, sería una apertura inmediata de los cepos (al ahorro, a las importaciones y a los dividendos corporativos) combinada con un dólar “que busque su techo” (dado que, al tipo de cambio actual, el Banco Central no tendría reservas para satisfacer la demanda verde). Sin nada que ordene las expectativas, la devaluación se iría en gran medida a los precios, obligando al futuro gobierno a elegir entre una inflación mayor que la que recibe y una recesión (un segundo shock) que contenga la inflación. Hacia fin de año, diría el terapeuta de shock, creceremos.

El gradualista, en cambio, invertiría la secuencia priorizando el crecimiento sin inflación. Empezaría con un programa monetario que oriente a la baja las expectativas de inflación. A cambio, iría por un ajuste gradual del dólar y una apertura selectiva de los cepos (primero importaciones, porque son insumos del crecimiento) y dividendos futuros (porque necesitamos inversión extranjera); después, ahorros; por último, dividendos pasados. Y dejaría el ajuste cambiario para 2017. Hacia fin de año, diría el gradualista, si el Banco Central es exitoso, la inflación se desacoplará del dólar y el traslado a precios en 2017 será menor. (Además, ni la inflación ni la devaluación son populares en la Argentina; una devaluación inflacionaria es la peor combinación para un gobierno debutante en busca de apoyos.)

Como las decisiones en una democracia son patrimonio del político electo y no del funcionario designado, el gradualismo tiende a predominar. Pero esto no es malo, en la medida en que este gradualismo no sea parálisis, sino un compromiso entre el zoom del funcionario y el gran angular del político. Además, un gobierno no debería apostar todo su capital político en la primera jugada. Sin ese capital, es difícil avanzar con el resto de las jugadas, muchas de ellas esenciales para el desarrollo. ¿Para qué sacrificar la reforma educativa con una devaluación apresurada?

El desafío de 2016, año de transición, es desandar los errores heredados y reencauzar el desarrollo con el menor costo social posible. La manera en que se desanden esos errores determinará en parte a los ganadores y perdedores de la transición. Y ahí es donde, más allá de consideraciones económicas y políticas, la disyuntiva entre shock y gradualismo se vuelve un problema moral.


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http://www.lanacion.com.ar/1794502-en-defensa-del-gradualismo

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